Tasaciones de escritorio: cuando la teoría choca con la realidad del mercado

Una tasación presentada en pleno juicio pone bajo la lupa algo más profundo: ¿se puede fijar el valor de un colectivo con una fórmula contable, sin mirar el mercado y sobre un estado que no es el original? Entre números que no cierran y criterios discutibles, el caso Ramírez deja más preguntas que respuestas.
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En el tercer día del juicio contra Ramírez, declaró la martillera Marina Rizzotto, presentando una tasación sobre un ómnibus de larga distancia que pretende fijar su valor mediante una fórmula de depreciación contable. Es decir, una cuenta teórica para explicar un precio real.

El problema no es menor. Porque cuando se reemplaza el mercado por una planilla de cálculo, el resultado deja de ser una tasación y pasa a ser una ficción.

Veamos un ejemplo concreto. Hoy una Volkswagen Amarok 0 km ronda entre $65 y $75 millones. Si aplicáramos el mismo criterio utilizado en este informe (depreciación lineal) una Amarok modelo 2021 debería acercarse a su valor residual contable, es decir, prácticamente cero. Sin embargo, cualquiera puede verificar que esas unidades hoy se venden entre $35 y $50 millones.

Entonces, ¿qué falla? No el mercado. Falla la fórmula.

Aquí aparece una confusión clave: no es lo mismo valor residual contable que valor de mercado. El primero surge de una ecuación teórica pensada para balances; el segundo es el que efectivamente paga un comprador en condiciones reales. Confundirlos no es un detalle técnico, es cambiar completamente el resultado.

Pero lo más llamativo no es solo el método elegido, sino lo que la propia tasadora reconoce en su informe. Textualmente afirma:

NO HE UTILIZADO EN ESTE INFORME DE TASACION PLANILLAS CON COMPARABLES, CONSIDERANDO QUE EN LA ACTUALIDAD NO HAY EN EL MERCADO UN OMNIBUS USADO, MISMA MARCA, MISMO AÑO PARA LA VENTA.” (pág. 4)

Es decir: se admite expresamente que no se analizó el mercado.

Y como si eso fuera poco, tampoco se recurrió a valores de referencia ampliamente utilizados en el sector, como las tablas de ACARA (Asociación de Concesionarios Oficiales de Automotores en la República Argentina), que justamente sirven como base para aproximar precios en ausencia de operaciones idénticas.

En cualquier tasación seria, el método central es el comparativo: analizar operaciones reales, precios publicados, unidades equivalentes. No hace falta encontrar un vehículo idéntico; alcanza con estudiar unidades comparables y ajustar diferencias. Así funciona el mercado. y se valúa en la práctica.

Prescindir de ese análisis no es una decisión técnica neutra, es apartarse del único dato objetivo disponible, que es el precio real de mercado.

En el caso de los ómnibus, además, el error es doble. Se trata de bienes complejos, compuestos por chasis y carrocería, donde influyen variables clave como el estado mecánico, el mantenimiento, la configuración (cama, semicama) y la demanda del sector. Reducir todo eso a una fórmula no es simplificar: es distorsionar.

Pero hay algo aún más grave. El informe toma un estado puntual del vehículo (con fallas mecánicas evidentes) y lo proyecta como si fuera representativo de su valor económico general.

Sin embargo, corresponde señalar que la nueva gestión recibió la unidad con certificación notarial que acreditaba que el colectivo se encontraba funcionando. Es decir, el estado crítico que describe la tasación no solo no surge del momento de la operación, sino que habría aparecido con posterioridad.

Y aquí radica el problema central: no se está tasando el bien al momento de la compra, sino en un estado distinto y posterior.

Esto implica, en términos simples, comparar situaciones incomparables. Es decir, comparar peras con manzanas.

Ahora bien, esto no necesariamente es atribuible a la tasadora, quien fue convocada con posterioridad para realizar su informe en base al estado en que encontró la unidad. El verdadero problema aparece en el uso que se hace de esa tasación.

Utilizar un valor determinado sobre un estado posterior para cuestionar una operación realizada en otro contexto constituye, en los hechos, una maniobra que distorsiona la realidad económica del bien. Y es allí donde el análisis deja de ser técnico para volverse político.

Entre la teoría del aula y la realidad de la calle hay una distancia que no se puede salvar con una fórmula.

Una fórmula puede servir para cerrar un balance, pero no para explicar cuánto vale realmente un colectivo en la calle.

Una tasación sin mercado no es una tasación. Es, en el mejor de los casos, un ejercicio teórico. Y en el peor, una conclusión forzada.

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