

Hoy el mundo despide al papa Francisco. El hombre que eligió llamarse como el santo de los pobres, que caminó con sencillez entre los mármoles del Vaticano y se animó a cuestionar, desde adentro, a una de las instituciones más rígidas de la historia.
Murió Jorge Mario Bergoglio, sí. Pero también se apagó la voz que, con acento argentino y mirada universal, habló por quienes casi nunca tienen voz. Se fue el símbolo de una esperanza: la de que era posible, incluso desde lo alto, mirar hacia abajo con compasión y compromiso.
Francisco incomodó. No por escándalos ni por polémicas vacías, sino porque puso el foco donde más molesta: en los olvidados, en los descartados, en los que el sistema empuja siempre hacia los márgenes. Les recordó a los poderosos que el dinero no compra dignidad, que el crecimiento económico sin justicia social es solo acumulación egoísta.
Su mensaje fue claro: la fe no se declama, se ejerce. No se mide en rezos, sino en gestos concretos. En estar donde duele, en acompañar sin juzgar, en comprometerse sin esperar aplausos. Francisco entendía que el Evangelio no es un manual de ceremonias, sino un llamado a involucrarse con el dolor del otro.
Le habló al mundo, pero también le habló especialmente a los jóvenes. Les pidió que no se callaran. Que no fueran espectadores. Que se animaran a transformar la realidad. Les dijo: “hagan ruido”. Y ese ruido, que todavía resuena, es quizás su herencia más viva.
No fue perfecto. Ningún ser humano lo es. Le señalaron silencios, le cuestionaron decisiones, le exigieron definiciones más firmes. Pero jamás claudicó en su convicción de que la Iglesia debía estar del lado de los que sufren. Y eso, en un mundo que premia la neutralidad cómoda, lo hizo distinto.
Hoy el mundo lo despedirá con ceremonias solemnes. Nosotros preferimos recordarlo con una de sus frases más humanas, más cercanas, más nuestras:
“Recen por mí”.


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