Acuerdo con EE.UU.: ¿más exportaciones o más importaciones?

El Gobierno celebra el nuevo acuerdo comercial con Estados Unidos como una oportunidad histórica. Los datos muestran que el resultado dependerá de pocos sectores exportadores mientras las importaciones reaccionan más rápido y presionan a la industria local.
Economía05 de febrero de 2026LavalleLavalle

El acuerdo comercial firmado entre Argentina y Estados Unidos fue presentado por el Gobierno como un paso decisivo hacia una economía más integrada al mundo. Sin embargo, más allá de los discursos, la pregunta central es concreta: ¿este acuerdo permitirá que Argentina venda más de lo que compra o profundizará una dinámica en la que las importaciones crecen más rápido que las exportaciones?

Los datos de partida no son neutros. Según cifras oficiales del U.S. Census Bureau, en 2024 Estados Unidos exportó a Argentina bienes por US$ 9.095 millones, mientras que importó desde Argentina US$ 7.096 millones, con un superávit estadounidense cercano a US$ 2.000 millones. En 2025, con datos parciales hasta noviembre, la tendencia continuó: EE.UU. exportó US$ 9.097 millones e importó US$ 7.459 millones. Es decir, Argentina ya parte de un déficit comercial bilateral en bienes.

El nuevo acuerdo busca modificar esa dinámica. Según explicó Cancillería y detalló La Nación, Estados Unidos eliminará aranceles para 1.675 productos argentinos, lo que podría permitir recuperar exportaciones por US$ 1.013 millones, y ampliará el cupo de carne bovina hasta 100.000 toneladas, con un potencial estimado cercano a US$ 800 millones anuales. Son cifras relevantes, pero es importante aclarar que se trata de potenciales máximos, sujetos a capacidad productiva, precios internacionales, logística y cumplimiento de requisitos sanitarios.

Del otro lado, Argentina se compromete a eliminar o reducir aranceles en 221 posiciones arancelarias para productos industriales estadounidenses (maquinaria, transporte, dispositivos médicos, químicos) y a bajar a 2 % otras vinculadas a autopartes. A diferencia de las exportaciones, estas importaciones no dependen de cupos ni de nuevas inversiones: la oferta ya existe, el financiamiento está disponible y las cadenas comerciales funcionan. Por eso, históricamente, las importaciones suelen reaccionar más rápido que las exportaciones ante una apertura.

Este punto es clave para entender el riesgo del acuerdo. Incluso si Argentina logra vender más carne o energía, el saldo comercial puede no mejorar si al mismo tiempo crecen con mayor velocidad las compras de bienes industriales. El propio análisis de Reuters advierte que el acuerdo incluye compromisos regulatorios que facilitan el ingreso de productos estadounidenses y limitan la capacidad futura de imponer trabas no arancelarias o impuestos digitales.

Existe, sin embargo, un escenario en el que Argentina podría equilibrar o incluso mejorar la balanza. Ese escenario está concentrado en pocos sectores. Más del 50 % de las exportaciones argentinas a Estados Unidos en 2024 correspondieron a energía, combustibles, minerales y aluminio, según datos citados por La Nación. Si la producción energética (especialmente de Vaca Muerta) continúa creciendo y logra colocar volúmenes relevantes en el mercado estadounidense, las exportaciones podrían aumentar de forma significativa.

El problema es la concentración. La mejora potencial depende de muy pocos rubros, mientras que las importaciones que se liberan abarcan una amplia gama de bienes industriales. Esto deja a la industria nacional expuesta a una competencia desigual, en un contexto en el que muchas empresas locales todavía operan con costos financieros altos, presión impositiva y dificultades logísticas.

Otro elemento que introduce incertidumbre es que el acuerdo no resolvió los aranceles estadounidenses al acero y aluminio (Sección 232), uno de los principales reclamos argentinos. Solo se estableció una promesa de revisión futura. Mientras tanto, sectores industriales que podrían exportar más siguen condicionados por barreras que no dependen de Buenos Aires.

En términos sociales y productivos, el impacto no será inmediato pero sí acumulativo. Una mayor disponibilidad de importados puede aliviar precios en el corto plazo, pero también presionar a sectores industriales locales que sostienen empleo en provincias del interior. Cuando la producción local se retrae, el efecto no se limita a una fábrica: se extiende al empleo, al consumo y a la recaudación.

El acuerdo, entonces, no garantiza automáticamente que Estados Unidos compre más de lo que Argentina le compra. Puede ocurrir, pero solo si se alinean factores externos (precios internacionales, energía, cupos efectivos) y si las importaciones no crecen más rápido que las exportaciones. Con los datos actuales, el riesgo de que la apertura profundice el déficit comercial sigue siendo real.

No se trata de discutir apertura sí o no, sino de reconocer que el modelo elegido prioriza la liberalización rápida y confía en que el mercado corrija las asimetrías. La evidencia muestra que esas correcciones no son automáticas y que, mientras llegan, el costo lo paga la industria local. No es un error de diseño: es una decisión política.

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