Carnaval gratis para artistas, presupuesto para la foto oficial
Lo que empezó como un reclamo por “falta de respeto y condiciones dignas” hacia las murgas y comparsas de San Luis terminó destapando algo mucho más grave: una política cultural municipal que, en los hechos, parece considerar que el arte popular debe funcionar a pulmón, gratis y sin derechos, mientras el presupuesto aparece cuando hay escenarios prolijos, fotos oficiales y eventos institucionales.
La protesta se hizo pública a través de agrupaciones históricas del Carnaval puntano, que denunciaron el destrato de la Intendencia encabezada por Jorge Gastón Hissa y la ausencia total de planificación seria para una de las celebraciones más tradicionales de la ciudad. El reclamo fue difundido inicialmente por medios locales y rápidamente replicado en redes sociales, donde decenas de vecinos y artistas expusieron situaciones que contradicen por completo el relato oficial de “acompañamiento cultural”.
Desde la Murga Los Locos, por ejemplo, expresaron con claridad que el carnaval no es un relleno administrativo ni un trámite municipal, sino cultura popular, identidad, trabajo y arte. Recordaron que detrás de cada agrupación hay meses de ensayo, inversión en vestuario, esfuerzo colectivo y compromiso barrial, y que desvalorizar ese trabajo equivale a desconocer el lugar que la cultura ocupa en la comunidad.
Pero el dato más fuerte surgió del testimonio de la Comparsa Ara Yeví, que reveló cómo funciona en la práctica la gestión cultural de la Municipalidad. Según explicaron públicamente, fueron convocados a participar de un evento tipo festival bajo la modalidad de presentación totalmente gratuita, sin pago alguno, sin refrigerio para los chicos, sin transporte y sin ningún tipo de acompañamiento básico, pese a tratarse de una actividad que implica tiempo, preparación, ensayos y costos concretos.
La contradicción es evidente: mientras a los artistas populares se les pide que trabajen por amor al arte, hace apenas semanas el propio Municipio organizó eventos como el llamado “Festival de la Familia”, que sí contó con presupuesto considerable, logística oficial y despliegue institucional. En ese caso hubo recursos. Para las murgas, no.
Ese contraste no es casual. Marca una forma de gobernar donde la cultura comunitaria queda relegada y donde lo que no sirve para marketing político se transforma en gasto prescindible. El problema es que el carnaval no es un hobby de fin de semana: es una red social, educativa y cultural que contiene pibes, genera pertenencia barrial y mueve economía popular todos los veranos.
En los comentarios que comenzaron a circular en redes (y que, como suele pasar, muchos temen que sean borrados) vecinos y trabajadores culturales fueron todavía más directos. Algunos denunciaron que el Municipio ya tendría armados “shows de escenario” con sectores entongados, dejando afuera a las comparsas tradicionales. Otros recordaron que para ciertas cosas siempre hay plata, pero para quienes sostienen la cultura desde abajo nunca alcanza.
Incluso hubo quienes conectaron este conflicto con una sensación más amplia de abandono social en San Luis: mientras se ajusta a artistas, barrios y trabajadores, los discursos oficiales hablan de orden, cambio y modernización, aunque en la práctica ese cambio siempre termina cayendo sobre los mismos.
Lo que muestran estas manifestaciones no es solo bronca por un desfile mal organizado. Es el rechazo a una lógica donde el Estado municipal se corre de su rol de promotor cultural y pasa a ser un simple administrador de eventos para la foto. Cuando la cultura se vuelve gratis para los que producen y rentable solo para la política, deja de ser política pública y pasa a ser explotación simbólica.
Además, hay una cuestión de fondo que no puede ignorarse: el trabajo artístico también es trabajo. La propia comparsa lo dijo con todas las letras: la cultura no es un favor, es un derecho. Y el arte no es gratis, tiene valor. En cualquier otro rubro, pedir que se trabaje sin cobrar sería escándalo. En cultura, se lo disfraza de compromiso social.
El conflicto con las murgas y comparsas se suma así a una lista cada vez más larga de sectores que sienten que la gestión de Hissa gobierna desde el PowerPoint y no desde la calle. Mucho render, mucho anuncio, pero poco diálogo real con quienes sostienen la ciudad todos los días.
Si el Municipio realmente cree en la cultura popular, la inclusión y la participación comunitaria, debería empezar por algo básico: respetar a quienes la hacen posible, pagar el trabajo artístico y planificar políticas culturales serias, no convocatorias improvisadas sin recursos.
Porque cuando los artistas tienen que mendigar condiciones mínimas mientras otros festivales nadan en presupuesto, el problema ya no es administrativo: es político.
Y cuando hasta el carnaval (la fiesta del pueblo) se convierte en un ajuste encubierto, queda claro que el modelo de ciudad que se está construyendo no es para todos. Es para la foto, para los amigos y para el relato. El resto, que aplauda gratis.

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