El poder que celebra Milei mientras las provincias se vacían
En Buenos Aires se festeja gobernabilidad. En el interior se sobrevive al ajuste. Esa es hoy la postal real de la Argentina política: un poder central que muestra apoyos de gobernadores como trofeos de estabilidad, mientras las provincias absorben recortes, paralización de obras y servicios cada vez más deteriorados.
En los últimos días, desde el entorno presidencial se celebró públicamente el nuevo mapa de mandatarios provinciales que, con distintos niveles de compromiso, acompañan al gobierno nacional. Aliados firmes, apoyos circunstanciales y opositores fragmentados componen una fotografía que busca transmitir control político y fortaleza institucional.
El mensaje es claro: el poder está ordenado.
Pero detrás de esa imagen prolija se esconde una realidad mucho menos cómoda. La gobernabilidad que se exhibe no se construye sobre desarrollo, crecimiento o fortalecimiento federal, sino sobre un ajuste profundo trasladado directamente a las provincias.
Mientras se habla de alianzas políticas, se recortan transferencias, se frenan obras públicas estratégicas, se ajustan presupuestos de salud, educación e infraestructura básica. El Estado nacional se achica, pero el costo no lo paga el poder central: lo pagan los gobernadores y, sobre todo, los ciudadanos.
La cobertura de Clarín sobre este nuevo mapa de gobernadores muestra con claridad el entramado político que hoy sostiene al presidente Javier Milei. Algunos mandatarios acompañan por convicción ideológica, otros por necesidad financiera y varios por simple supervivencia política ante una Nación que maneja la caja.
Lo que no se dice con la misma intensidad es qué están entregando esas provincias a cambio de ese acompañamiento.
Menos recursos, menos obras, menos presencia estatal y más presión local para sostener servicios básicos. Cuando Nación se retira, los municipios suben tasas. Cuando se cortan fondos federales, se paralizan hospitales, escuelas y rutas. El ajuste no desaparece: se descentraliza.
Ese es el verdadero modelo de gobernabilidad que hoy se festeja.
No hay pacto de desarrollo. Hay pacto de resistencia.
Los gobernadores que hoy aparecen como aliados no celebran crecimiento, celebran que logran sobrevivir a una política de recorte brutal sin que sus provincias colapsen del todo. Acompañan leyes nacionales mientras lidian con presupuestos en emergencia.
Y los vecinos del interior lo sienten todos los días.
Servicios públicos más deteriorados, obras frenadas, salarios provinciales que pierden poder adquisitivo y municipios obligados a exprimir tasas para cubrir lo que antes llegaba desde Nación. La gobernabilidad se mantiene, pero la calidad de vida se erosiona.
El relato oficial habla de orden macroeconómico y disciplina fiscal. La realidad territorial habla de hospitales con menos insumos, rutas destruidas, barrios sin infraestructura y administraciones locales haciendo malabares para no fundirse.
Este nuevo mapa político no es señal de estabilidad real. Es señal de dependencia.
Las provincias hoy no acompañan porque el país crezca, acompañan porque no tienen margen financiero para confrontar. El poder central concentra recursos y distribuye oxígeno político en cuotas.
Es una gobernabilidad sostenida por la asfixia.
Y como siempre, las consecuencias no se miden en conferencias de prensa, sino en la vida cotidiana: menos servicios, más presión fiscal local y un Estado cada vez más ausente donde más se lo necesita.
Mientras en Buenos Aires se celebran alineamientos políticos, en el interior se ajusta para sobrevivir.
No es un error de gestión. Es un modelo de poder: centralización de recursos, disciplinamiento provincial y traslado del costo social a los ciudadanos.
La política festeja estabilidad.
La gente paga el precio.


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