ROSCA Y TONGO: EPISODIO 29
Pasada la espuma electoral, volvemos con el resumen político preferido por la runfla puntana. A apretarse el cinturón, acomodarse las pantuflas y leer.
POGGI SE AUTOPERCIBE JUSTICIALISTA
En la política hay transformaciones místicas que rozan lo paranormal. Claudio Poggi, por ejemplo, ahora dice ser justicialista. Sí, ese mismo que abrazó el macrismo, se cansó de inflar globos amarillos y persiguió a todo lo que oliera a peronismo con más fervor que un tuitero libertario. Ahora resulta que, luego de una elección con sabor a poco, el hombre quiere dictar cátedra en el PJ.
Se lo ve entusiasmado, casi eufórico, opinando sobre internas ajenas, como ese vecino chusma que se mete en la reunión familiar de al lado porque escuchó un grito. Se autonombra intérprete del espíritu justicialista, habla de fracturas, de vacíos de liderazgo, de finales de ciclo. Pero lo hace desde el palco, rodeado de su elenco estable de conversos, con los que viene ejecutando un ajuste que ni Cavallo se animó a firmar. ¿Será que Poggi no puede vivir sin su obsesión con Alberto Rodríguez Saá?
El peronismo de San Luis, con sus matices, puede dar cátedra de muchas cosas, pero jamás de olvido. Y si hay algo que no olvidan los compañeros es a quien los traiciona, los persigue, les baja los sueldos o los subestima. Poggi podrá disfrazarse de lo que quiera, pero el disfraz le queda corto. No hay rosca que lo acomode ni tongo que lo ayude. Autopercibirse justicialista no alcanza cuando tu política es la de un emperador que quiere romper todo.
LA CASTA NO PAGA LA LUZ
En Villa Mercedes la luz llegó por abajo, como las jugadas turbias. Un sanatorio de un dirigente libertario —de esos que se llenan la boca hablando contra la casta— fue desenchufado por Edesal tras descubrirle una conexión clandestina. Sí, el abanderado del “el que no paga, no cobra” tenía electricidad sin pagar un peso.
El personaje en cuestión es de los que tienen más vidas políticas que un gato con padrino. Saltó de espacio en espacio como si el electorado fuera un subibaja, aunque siempre cayendo del lado equivocado. En las urnas no ha tenido mucha suerte, pero no se resigna. Se cuelga de Milei, de la antipolítica, y ahora, literalmente, de la red eléctrica. El tipo quiere refundar la república, pero no puede ni pagar la boleta de luz como corresponde.
La escena es casi poética, mientras gritan contra los “chorros del Estado”, se afanan la luz para la clínica. El mismo discurso anticasta, pero con las mañas de siempre. En el fondo, son los viejos vivos de siempre, con remera nueva y la misma trampa de siempre. El liberalismo llegó a San Luis, pero con extensión eléctrica y sin medidor.
LAS PIÑAS PARA ADENTRO
Mario Otero, uno de los periodistas más importantes que tiene el oficialismo provincial destruyó al intendente Jorge Gastón Hissa por el estado de la capital puntana y el constante relato que la gestión municipal quiere armar.
“van y te anuncian en el barrio que van a arreglar toda la calle, pasan, dejan todo desparramado y se van y no vuelven más”, comentó en su programa Nada Secreto, que se emite en la radio de la UNSL.
Otero no es un tuitero indignado ni un militante con bronca: es uno de los periodistas más cercanos al ecosistema poggista. Y sin embargo, lo hartó el verso institucional. Mugre por todos lados, calles detonadas, agua servida como decoración urbana y un intendente que se pasea por las redes como si fuera el salvador de la ciudad que él mismo deja caer.
“Es todo mentira lo que dice. Hissa no maneja nada, Comunican cosas que no hacen, es todo fantasía y no terminan nada”, disparó.
Encima, se supo que Hissa pidió bajarle el pulgar al periodista en el canal oficial por el nivel de sus críticas. Una censura escandalosa, que el periodismo puntano, ungido de pauta, pasó desapercibido.
Las piñas ya no vienen del peronismo, ni de los vecinos que se quejan en las redes: vienen de adentro, de los que antes aplaudían. Se terminó el acting de campaña, la ciudad sigue sucia, desordenada y con una gestión que intenta gobernar a golpe de reels.
Pasaron las elecciones, se terminó la publicidad y volvió la realidad de una ciudad que se cae a pedazos, con una gestión con demasiados errores.
ENVENENAMIENTO PROGRAMADO
Ya sin el corset de la campaña electoral, el gobierno de Claudio Poggi decidió que la salud de los chicos puede quedar librada al azar —o al proveedor de turno. Más de 70 estudiantes de Luján terminaron intoxicados tras consumir una vianda escolar que nunca debió haber salido de la cocina. El menú: ensalada rusa con pollo. El efecto: vómitos, fiebre, internaciones.
La respuesta oficial fue un comunicado técnico, desbordado de eufemismos, como si el problema fuese la cadena de frío y no la cadena de irresponsabilidades. Eugenia Gallardo, la diputada a cargo del PANE, volvió a su libreto habitual, planillas, procesos, trazabilidad. Todo suena impecable, salvo por el pequeño detalle de que los chicos se enfermaron.
Cómo son seleccionados los proveedores o quienes son, nadie sabe. La opacidad en torno al PANE ya no sorprende, es el sello de una gestión que administra los fondos públicos con más secretos que resultados. Lo grave es que no es un caso aislado. Días antes, en Buena Esperanza, hubo otro brote con síntomas similares. Distintos pueblos, misma escena, un sistema alimentario que fracasa en lo más básico.
Pero lejos de reconocer fallas, el gobierno opta por el camino más cínico, desmentir a las familias y proteger el relato. En lugar de auditar el programa, atacan a quienes denuncian. Porque acá el verdadero problema no es la intoxicación, sino la incomodidad de la evidencia. Y mientras se busca a quién responsabilizar sin tocar a los responsables, los chicos siguen pagando el precio de un modelo de gestión que juega con la salud como si fuera parte del menú.
ARDE LA POLICÍA
Mientras el gobierno repite el libreto de la modernización institucional, en los pasillos de la Policía de San Luis se libra una interna feroz que nadie quiere admitir. Se habla de despidos, pases de factura y una sospechosa proliferación de agentes fantasmas que cobran sin aparecer por la comisaría. Los mismos vicios que el poggismo prometió erradicar parecen haberse instalado con nueva fachada.
La ministra Nancy Sosa, que aún no ha logrado perfilar una política pública reconocible, suma otro frente de conflicto que la expone como una figura más testimonial que ejecutiva. Su gestión no ha mostrado señales de conducción ni capacidad de reforma; apenas alcanza para cubrir los baches con declaraciones previsibles. En este escenario, la seguridad aparece cada vez más como un título vacío, sostenido por el control del relato más que por resultados concretos.
El gobierno otra vez elige el relato y el silencio a través del apriete a los medios pautados, y la práctica de guardar la mugre bajo la alfombra reina por estas horas.
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