Ni petróleo ajeno ni guerras prestadas
Hay una diferencia entre tener principios y perder el sentido de proporción. La Argentina puede condenar el terrorismo, reclamar justicia por la AMIA y la Embajada, solidarizarse con las víctimas civiles y defender su seguridad nacional. Lo que no necesita es actuar como fuerza de choque verbal de una guerra ajena. Cuando el Presidente dice que Irán es “enemigo” de la Argentina, que existe una “alianza estratégica” con Estados Unidos e Israel y que “vamos a ganar la guerra”, ya no está hablando como un panelista exaltado: está hablando en nombre de 47 millones de argentinos.
El problema no es solamente moral o diplomático. Es, antes que nada, estratégico. Argentina no gana nada convirtiéndose en parte declamativa de un conflicto donde no tiene capacidad de decisión, ni poder militar relevante, ni obligación jurídica alguna de involucrarse. Gana menos todavía si esa sobreactuación multiplica riesgos internos, obliga a reforzar alertas de seguridad y expone al país a represalias simbólicas o materiales. El propio Gobierno, al elevar la seguridad a nivel “ALTO” en todo el territorio, admitió con los hechos que esa escalada no es gratis.
Hay, además, una contradicción difícil de disimular. En Nueva York, Milei les dijo a los inversores que la guerra puede favorecer a la Argentina porque mejora los términos de intercambio: más petróleo, más granos, más dólares. Puede ser cierto en una planilla de Excel. Argentina efectivamente hoy produce más petróleo, exporta más energía y cerró 2025 con un superávit energético récord. Pero una cosa es aprovechar un precio internacional más alto; otra, muy distinta, es hablar casi como accionista entusiasmado de una guerra que multiplica muertos, desordena mercados y vuelve más frágil a toda la periferia. El estadista cuida el interés nacional sin festejar la tragedia. El especulador geopolítico confunde oportunidad con vocación de bando.
La Argentina debería recordar algo que supo entender mejor en otros momentos de su historia: la autonomía no es cobardía. La neutralidad inteligente no es indiferencia. La llamada “tercera posición”, actualizada al siglo XXI, no implicaría callar ante los crímenes ni hacerse distraído frente al terrorismo; implicaría, más bien, no regalar soberanía discursiva, no atar el destino nacional a aventuras militares ajenas y no aceptar que la política exterior argentina sea la sucursal emocional de la Casa Blanca o de Jerusalén. Esa es la diferencia entre tener aliados y tener tutores.
Milei quiere convertir su alineamiento con Washington en “política de Estado”. Ese quizás sea el dato más importante de todos. Porque una cosa es la afinidad personal de un presidente; otra, bastante más grave, es intentar volver permanente una subordinación. Argentina necesita comerciar con el mundo, atraer inversiones, vender energía, alimentos y minerales, y al mismo tiempo preservar margen de maniobra. No necesita gritar “vamos a ganar” en guerras que no combate, no decide y no controla.
La pregunta de fondo no es si sube o no el petróleo. La pregunta es si un país endeudado, periférico y todavía frágil quiere jugar a ser potencia en una guerra entre potencias reales. Y la respuesta debería ser obvia: que suba el barril no justifica bajar la prudencia. Si el conflicto encarece la energía y mejora transitoriamente las cuentas externas, habrá que aprovecharlo con inteligencia productiva. Pero una República seria no manda su voz, su prestigio ni su seguridad a pelear donde nadie la llamó.
La Argentina tiene que volver a pararse sobre una idea simple: primero la Nación, después las banderas ajenas.
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